← Back to lettersSr. W. RUMSEY
Room 402 - Hotel Imperador
Av. José Antonio, 53
MADRID
Estimado señor:
Soy un investigador independiente y curiosamente he reunido tres indicios importantes sobre el caso respecto al cual usted solicita información en su circular sin fecha dirigida a los vecinos de la Calle Mayor de esta ciudad. Este asunto, que comenzó en los Alpes franceses bajos cerca de los Pirineos (NdT: sic), en 1950, coincide con una serie de investigaciones personales sobre los antiguos habitantes de la zona mencionada y una serie de hechos extraños que tuvieron lugar en Madrid el 01/06 (NdT: esta fecha está manuscrita (escrita en español "1-6"), y reemplaza el texto “31 mayo” mecanografiado y tachado a mano) de 1967 entre las 8 y 9 de la noche, culminando en un acontecimiento muy determinante en San José de Valderas (provincia de Madrid).
Por ello, espero que preste atención a mis próximos informes, que mantengo reservados por el momento. Sería muy interesante tener personalmente un intercambio de impresiones con usted, para lo cual espero sus instrucciones respecto a una futura entrevista.
Reciba un cordial saludo,
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Mi estimado señor,
La presente es para contarle algunas cosas importantes que han sucedido en los últimos días respecto a los señores habitantes de Oumo. Ya me he dirigido a usted otras veces, aunque no tengo el gusto de conocerle personalmente y sin embargo usted ha podido verme. En una ocasión cometí el error de escribirle sin su permiso pero, esta vez, tengo su autorización, y se la debo a las circunstancias. La presente es para darle una buena noticia, aunque usted la habría tenido incluso sin recibir mi carta. Pero estoy obligado a comunicársela. Diré solamente lo que estos señores me han autorizado a comunicar, aunque quisiera decir más pero no puedo porque es muy poco lo que puedo, salvo alguna cosa que sé que mantienen en secreto. Me agrada todavía escribirle porque, si ellos no regresan, tendré el placer de conocerle personalmente a usted, al Sr. Garrido Buendía y a Sesma Manzano, así como a los otros señores de Sevilla, Oviedo, Bilbao, Barcelona e incluso Madrid. Porque convendría organizar una reunión de todos que podría hacerse en mi casa que es, para ello, lo que se puede pedir de mejor para, todos juntos, tratar el mayor asunto que hayamos conocido en España, y sabe bien que no exagero porque yo, las pequeñas dudas que tengo me atormentan todo el tiempo. Sería mentir decir que sus otros colaboradores no estarían de la misma opinión. Es una lástima que no lo hayan permitido antes porque, entre todos, tengo pruebas más que suficientes de que no exageramos, aunque decir que hombres vienen de un planeta lejano, también es decir que estás loco o eres un imbécil. Haber vivido muchos años viéndolos y escuchándolos hablar, es comprender, cuando se les conoce un poco y se fijan en los detalles, que tienen algo que es diferente a todos los demás humanos. Al principio, se diría que son señores como usted o como yo. (Conozco sólo a una de sus mujeres que una noche durmió en mi casa y, de hecho, ella era su jefa a todos, ese año). Luego, lo primero que llama la atención es la voz que tienen, pero eso no prueba que sean de otro planeta, porque personas operadas de la garganta o que tienen un frenillo pronuncian igual, pero empiezas a conocer día a día que no se muestra ningún detalle del cuerpo que no te haga decir: o es una malformación de nacimiento o no son como los demás hombres. O también qué interés tienen...
¿Van a decir una mentira tan grosera? Si lo dices una o dos veces, se podría decir: Este hombre está loco, pero te dices cosas variadas sobre ellos, que son serios e inteligentes. Luego comienzas a conocer los aparatos que usan y dices: o son espías de un gran país y disponen de aparatos nunca vistos ni siquiera en el cine o, aunque sea difícil de creer, dicen la verdad verdadera. No sé qué piensan ustedes de todo esto. En el mejor de los casos, todas las cartas que les escribieron, señor Villagrasa, fueron destruidas pensando que era una broma. En el peor, sería un error grave. Está claro que usted es muy libre y como entendí que no ha hablado con ellos, puede creer que, dado que estas cartas no están firmadas, es decir, son anónimas, no merecen la pena ser tomadas en cuenta. Sin embargo, he oído decir que usted está a favor de respetarlos y que pertenece a esa asociación de estudio de ovnis, a la cual un hombre más y yo le hemos encargado enviarle la carta que nos está dando problemas estos días. Le contaré el asunto desde el principio para aclarar las cosas, me reservo solamente dos cosas que no me permitieron decir y me parece justo no revelar sin su permiso. Hace unas semanas, uno de ellos (estaban de paso en Madrid y yo lo había visto solo una vez anteriormente) me llamó por teléfono para acordar la hora de la visita. Me dio un sobre y se fue de inmediato, después de pedirme que enviara ese sobre y me preguntó si podía pasar por el hotel el miércoles siguiente, que era al día siguiente. Esa noche fui recibido por dos hombres de Oumo: uno que conocía y otro nuevo que hablaba muy mal el castellano y era muy joven, casi un adolescente de dieciséis o diecisiete años, vestido con un jersey deportivo y que pasó el tiempo muy distraídamente mirando al suelo. Me recibieron en la habitación de uno de ellos, pero como daba a la calle pasamos a otra que daba a un patio interior. Ahí el mayor de los dos me dijo que todos iban a abandonar el territorio de la Tierra. Les pregunté por qué, si alguien se quedaría, si pensaban regresar, y si sería posible despedirme de ellos antes de que abandonaran España. Me dijeron que no se irían de España, que la mayoría no volvería a Oumo, que no podían decirme las razones de la partida, que el regreso dependía de muchas cosas pero que era muy triste pensar que quizá no volverían en más de cien años o quién sabe mucho más tiempo, pero que no era posible saberlo mediante cálculos matemáticos, luego me dijeron que, por otro lado, sí se podría saber la probabilidad de poder regresar que no era la misma que decidirlo. Aunque sonriente y tranquilo, conozco bien su psicología por haber tratado mucho con ellos, me di cuenta de que esta manera de partir todos así sin dejar nadie, aunque se sabía que habían pensado quedarse en la Tierra muchos años más, tenía causa en algo muy grave como si la policía de todo el mundo los estuviera persiguiendo o si se iba a tener una guerra. Observe, señor Villagrasa, que se lo dije sin mencionar la posibilidad de la policía: ¿Habrá una guerra? y el más joven, prácticamente sin hacerse oír y hablando muy lentamente, me contestó: ¿Pero los humanos no están perpetuamente en guerras? Entonces, el otro sacó de su cartera un sobre de color verde y dijo que no lo enviara antes del 15 de noviembre próximo, luego llamaron al chico para preguntarle qué quisiera tomar y, después de hablar un momento sobre la pintura y lo que pasaba en Chile, se despidió sin mucha efusión, pues estaba triste aunque con ellos no tenía gran confianza, como con sus hermanos anteriores que me habían tratado muy bien desde hace mucho tiempo y es con quienes peor he tratado. Conoces a uno, te confías en él, tienes su amistad y luego desaparece o se va a otro país o a su tierra Oumo. Es una manera extraña de entender la amistad pues no he recibido una sola carta de ellos desde entonces, ninguno de ellos habla si no está obligado por la fuerza de la conversación. Viene a mi casa de mal humor y lo comenta con mi esposa, que también se entristece. Es al menos un asunto económico, porque ya lo he vivido con alivio y no me importa decir lo que les debo, pero los hemos tomado con cariño, es la verdad. Vivimos como en un sueño. Pero lo que me pone de mal humor es recordar que la última vez que se fueron fue porque esperaban la posibilidad de una guerra mundial, la prueba es que mi esposa y yo hablamos de ello juntos esa noche. Que tengamos razón, lo que sucedió el viernes doce lo demuestra. Estaba almorzando cuando ...X... me llamó. Este señor es otro de sus colaboradores, sus relaciones conmigo no son buenas y no es culpa mía. Como no es bueno hablar del prójimo, me callo... Así es que no somos amigos y prácticamente no nos hablamos. Todo lo que puedo decir es que tiene ideas extrañas, así como cada uno está en su casa y Dios en la de todos... Por eso fue extraño que me llamara. Me llamó por teléfono y con mucho misterio me dijo: Mira, me gustaría que tengamos una reunión urgente el tres (se olvidó de decirme, señor Villagrasa, que el más joven de los oumites ya se había ido, yo ya lo sabía) y me encargó invitarle a mi casa porque estaría en mi domicilio a las 9 horas esa noche. Y me dijo algo, y es muy grave, muy grave. Por favor sea puntual, no conviene decir más... y extenderme. Me asusté y no me atrevía a hablarlo con mi esposa, porque confieso que me figuraba que algunos habían sido arrestados o que nos habían descubierto y íbamos a ser arrestados u otra cosa. Tengo la conciencia tranquila porque tratar con ellos no creo que vaya contra la ley, porque son hombres muy honestos y cultos, respetan las ordenanzas y las autoridades de cada país, aunque hablan muy claramente de política, pero como se sabe, los estadounidenses los buscaban porque estaban muy intrigados por Oumo, porque Dios sabe si los más tontos creían que son espías o qué sé yo, de ahí la confusión. Por eso fue con aprensión que fui al chalet de ese señor, antes de aparcar en la zona, entré en una cabina y lo llamé para pedirle que sacara al teléfono al señor de Oumo si estaba allí. Eran las nueve menos veinte. Me dijo que no y que no me retrasara, así que, sin decirle mi miedo, esperé unos diez minutos más porque sentía una trampa. Dirá usted, señor Villagrasa: ¿por qué tantas precauciones si luego entré en el chalet del otro colaborador y no pasó nada? Si algún día, como creo, pudiéramos encontrarnos, veremos para explicar muchas cosas y que en verdad no era exagerado tomar precauciones. En total, ya me estaban esperando y empezó a decirme que iban a dictar unas cartas para los dos y que preparáramos las máquinas, pero que antes me informarían a mí de la situación porque el otro ya la conocía en parte. Empieza diciendo que lo peor sería la guerra de Israel contra Egipto y que sabía bien que las bases estadounidenses estaban en alerta en todo el mundo, que las autoridades de Norteamérica estudiaban en ese momento no solo el plan de ataque de la Unión Soviética sino que disponían de todos los aparatos y sistemas que permiten hacer frente a un golpe de los rusos, y que aunque la probabilidad de tener un ataque final sea de menos del treinta por ciento, lo que es tranquilizador, era prudente estar prevenidos y que aunque el peligro fuera más o menos grave, y la prueba era que la tasa de probabilidad no era alta, ellos partirían porque tienen la orden permanente apenas hay un cierto peligro, aunque bajo. No ve, señor Villagrasa, cómo me comporto, porque no estoy loco y sé que cuando se dan malas noticias a un enfermo, se le endulza la pastilla. ¿En qué estamos? Además, están muy bien informados de todo y siempre y nunca exageran, aunque a veces sean breves. Como el otro hombre se unió a ellos solo por interés, y no es que lo critique, y que le importa la política como si fuera el año cuarenta y no entiende nada, aunque dice estar preocupado, y empieza a pedir cosas absurdas: si sabían cuándo lanzaríamos bombas atómicas, y quién empezaría primero, cosas que no debería saber (sobre todo él). Finalmente, empieza a dictarnos las cartas y por ellas sabremos la importancia que iba a tomar el asunto. Entonces, saca una placa de metal y, lo que más nos asombra, es que va a leer lo que tiene que dictar a la máquina solo para el otro, porque siempre dictan de memoria. Es porque dictaba las cartas codificadas. Y no nos permitió, como de costumbre, guardar una copia. Como me dictó cosas a mí y otras a su otro colaborador, solo al final comprendimos que esa clave debía enviarse a todos, sin darnos copia. Cuando cerró la caja donde pone la máquina para llevarla a su coche, me pide sacarla de nuevo y si puede escribir a la máquina, señor Villagrasa, algo que nunca les había visto porque dicen que no pueden irritar la punta de sus dedos. Puse calcos para dos copias y empezó a escribir con las puntas de los dedos.
Lettre Ummite#865