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Lettre Ummite#842

Carta Ummo 842

29/04/18 Pero aquí está la cuestión, es que cuando se fueron, no aclararon mi posición porque, por decirlo de alguna manera, en realidad ni siquiera me dijeron adiós aunque casi lo hicieron entender. Como no hablé con ustedes, no sé si creen en todo esto o no, seguramente no creerán que hombres vienen de Ummo, que es un planeta lejano, porque según lo que he oído casi nadie de los que los reciben y hablan con ellos lo cree. Es lógico porque al principio los tomé por locos. La historia de cómo los conocí es larga y algún día la contaré porque fueron ellos quienes vinieron a la casa tras un anuncio que pusimos en la prensa. Logré saber en uno de los hoteles donde lograron alojarse. Esto será tal vez una prueba más, aunque de poca importancia, porque los hoteles llevan registros de sus clientes y aunque se presenten con nombres falsos, será fácil identificarlos porque habrá camareras que habrán hablado con ellos. Llegué a salir con ellos, muy raramente, pero lo hice. Sé, porque me lo dijeron, que pasaban su tiempo visitando museos y edificios de Madrid. Un día me pidieron ayuda porque debían falsificar una tarjeta para entrar en el departamento de publicaciones periódicas de la biblioteca nacional de Madrid, situada en el número 3 de la calle Zurbarán. Me dijeron que, por supuesto, podía negarme, pero me dijeron que no sería inmoral porque el único propósito era estudiar una serie de revistas extranjeras. Me presenté en la ventanilla y todo se resolvió rápidamente, la joven que se ocupó de mí no sospechó nada. Dos meses antes de su partida (quizá tres, ya que no anoté la fecha), uno de ellos vino al caer la noche (tenían la costumbre de venir por la tarde cerca de las 19 horas después de que saliera de mi trabajo y dictarme cosas), pero como ese día no los esperaba llegué tarde a casa, y ellos me esperaban en el comedor. Mi esposa entonces estaba desconfiada y prefería hablarles lo menos posible. Me dijeron, cuando llegaba, que deseaban pedirme un favor. Se trataba de hacer un trabajo en una zona de Madrid donde podía haber vigilancia y como tenían pasaportes de otro país querían estar con un español y uno de ellos me explicó qué decir si alguien nos hacía una pregunta embarazosa. Me dieron una cámara y un trípode para colocarla y me dijeron que debía esperarlos la tarde siguiente. Recuerdo que fue un sábado y que no estaba en la oficina. A las 3, el taxi ya me había dejado en los jardines pequeños que hay justo después del puente de Segovia camino de Extremadura. No tardaron mucho en llegar. Estaban en un Renault gris que supe después que era un coche alquilado, y anoté la matrícula, que no sería difícil de investigar. Uno de ellos cruzó a la otra orilla del río Manzanares (este lo conocía poco porque no hacía mucho que había llegado de Sudamérica) el otro se llamaba Daa tres y permaneció cerca de mí. Coloqué la cámara para aparentar estar tomando fotos, y mientras tanto, Daa tres colocaba discretamente en distintos puntos de la zona pequeñas piezas que luego pude ver porque estaban dentro de una caja de metal muy grueso, llena de pintura rosa. Vi perfectamente que las colocaba, algunas enterrándolas en la tierra y otras cerca de la barandilla de hierro, junto al río, poniéndolas junto a los pilares de piedra que sostienen la barandilla. El otro señor luego tiró al río dos bolas que se hundieron. Apenas pasaba gente y nadie nos molestó. Me pidieron que los esperara cuando regresaran de la otra orilla y se metieron en el coche durante media hora. Daa tres luego me explicó que esas pastillas del tamaño de una uña eran testigos radiactivos y que servían como punto de control de ciertas medidas, y me explicó un poco más. Cruzamos el puente otra vez y me dejaron en mi calle Segovia quedándose ellos con la cámara fotográfica. A principios de junio cuando partieron, volví al pequeño jardín que está entre el río Manzanares y la avenida de Manzanares. Habíamos estado precisamente al lado del puente; en el lugar donde la rampa hace una curva. Busqué con un destornillador en los pilares de piedra que unen los trozos de la barandilla y saqué una de las pastillas, no me arriesgué a tomarla porque me había dicho que eran radiactivas y eso puede ser peligroso. Tenía un papel pegado como de plástico y era igual que las que había visto, como si hubieran pintado un pequeño trozo de metal con pintura rosa, o nácar, o plástico. No me...