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Lettre Ummite#849

"Carta Ummo 849"

29/04/18 Se trataba de un colega con mentalidad paranoide o de un hombre con un extraño sentido del humor. Olvidé el incidente que, por supuesto, había comentado ampliamente con mi esposa en tono sarcástico. Pero en los cuatro o cinco días siguientes (recuerdo que fue antes de la Nochebuena del año anterior) (NdT: Mención manuscrita: 23-12-65, añadida en pequeño y entre líneas) Nuestro hombre reiteró una vez más su llamada en las horas previas a la cena. Decidí responderle, influido sin duda por la natural picazón de la curiosidad. La incalculable erudición del misterioso comunicante me impresionó aún más que la noche anterior. Esta vez, formulé maliciosamente una serie de preguntas en campos tan diversos como la Histología, la Cirugía Renal, la Bioquímica y la técnica del Diagnóstico por electrocardiograma. Quedé tan impresionado por la concisión de sus respuestas y su precisión en la exposición científica de las mismas, tan confundido y abrumado por la conciencia de mi propia inferioridad profesional frente a mi extraño interlocutor, que después de felicitarle tímidamente, le sugerí que deseaba conocer el auténtico objetivo de sus llamadas. Insistió de nuevo en que venía de un Astro lejano, haciéndome observar que comprendía mi escepticismo, que no se trataba de una broma, y que debía descartarse cualquier idea de interpretar su actitud a través de una versión psicopatológica. Luego se extendió sobre el tema de los delirios secundarios sintomáticos de algunos síndromes paranoicos, con el fin de demostrarme que los posibles argumentos que intentaban avalar una interpretación diagnóstica de una enfermedad mental carecerían de valor. Yo insistí a mi vez haciéndole la objeción subsiguiente, de que ningún hombre de Ciencia podría aceptar “a priori” una afirmación de una trascendencia tan acusada sin que estuviese avalada por el aporte de pruebas científicas convincentes. Mi interlocutor se mostró comprensivo y satisfecho. Aprobó mi punto de vista con toda sencillez y me ofreció entregar un aparato o dispositivo técnico relacionado con mi profesión cuya existencia no podría encontrar ni la más mínima referencia en la Tierra. Me pidió, bajo palabra formal, que el equipo le sería devuelto intacto, sin que intentase acceder mecánicamente a su interior ni deteriorarlo, y que solo yo y mis familiares más cercanos tendríamos acceso a su manipulación. Tales reservas y restricciones me hicieron sospechar la posibilidad de un fraude, pero elegí callar mis desconfianzas y aceptar verbalmente el compromiso que me exigía. Las llamadas comenzaban a preocuparme y hablé de ello con dos colegas de la Facultad, quienes comentaron alegremente sobre la procedencia hipotética del misterioso colega. El 3 de enero de 1966 (conservo el estuche de madera y el paquete sellado) recibí un paquete testigo sellado en Madrid, envuelto en papel gris común. Con el nombre y dirección del remitente que luego verifiqué que eran falsos, y con una dirección mecanografiada (Posteriormente, el joven “Perito Mercantil” citado me indicó que él la había escrito). En el interior había un dispositivo de forma prismática con bordes redondeados “en media caña”, parecía de acero aunque la superficie cubierta por una capa transparente de barniz tan dura que fue imposible rayarla con un cristal de carborundo impedía estimar con exactitud el tipo de metal o aleación usado. El aparato tenía dimensiones aproximadas de 8 x 8 x 5,3 cm. En la parte superior aparecía una especie de pantalla cuadrada, al parecer, de vidrio o plástico muy duro, de color opalino. Mi atención fue atraída por el hecho de que el metal o aleación del estuche parecía fundirse con esta placa translúcida de la pantalla sin solución visible de continuidad. La base o la cara inferior del aparato presentaba cinco orificios. Uno de ellos cuadrado, los otros de sección circular y de calibres diferentes. 847 / 1373